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jueves, 26 de febrero de 2015





“Rusia fue, y volverá a ser, un imperio”, esta afirmación se atribuyó al general Alexander Lebev, gobernador de la región de Krasnojark, muerto en accidente de helicóptero el año 2002.  Sin embargo hacia el final del gobierno de Borís Yeltsin, la vocación imperial de Rusia era algo que solo parecían compartir los políticos más ultranacionalistas. Los enfrentamientos étnicos, especialmente la guerra chechena, la rápida pérdida de influencia en los países del antiguo pacto de Varsovia, una desorganizada transición a la democracia y la rápida presencia de mafias y oligarcas, así como una desastrosa situación económica… todo ello, en fin, hacía muy difícil pensar en la recuperación de la antigua superpotencia nuclear.

Con el presidente Putin la situación comenzó a cambiar, hombre esencialmente práctico y sin convicciones ideológicas más allá del nacionalismo ruso, recuperó la autoridad del gobierno y equilibró la economía para que sirviera de apoyo a su política, una política que en el interior se basaba en la rápida represión del enemigo armado, como en Chechenia y el Cáucaso, y en la censura, silenciamiento expeditivo y violento de políticos o periodistas opositores civiles y desarmados. Salido de la oficialidad del KGB, no se ha revelado como un nostálgico del viejo orden soviético, sino pretendidamente como un representante de la Rusia eterna, aquella Rusia anterior a la revolución y a los zares. Los rasgos autocráticos de su mando se aprecian en la recuperación de una aparente ceremonia zarista en el terreno de la imagen y la propaganda, cosa combinada con un evidente culto a la personalidad del líder carismático de origen soviético.

En la política exterior, su presencia en el concierto de las naciones ha desbaratado los ingenuos planes del nuevo orden internacional del que se hablaba después de la primera guerra del Golfo, y que se ha revelado como un espejismo sobre todo después del más que previsible fracaso de las revoluciones de la primavera árabe. Su pragmatismo le ha llevado a interesantes connivencias con los rivales de EEUU, la más llamativa antes de la crisis ucraniana de hace un año ha sido su posición de apoyo al régimen sirio de B. Asad, tan vehemente que logró evitar una acción de castigo bajo liderazgo estadounidense semejante a la que acabó con el mando del coronel Gadafi en Libia. En la actualidad nadie se plantea ya remover del poder a Asad, por lo que puede decirse que el pragmatismo de Putin se ha visto refrendado por el desarrollo de los acontecimientos.

Contrariamente a lo que pudiera parecer, Putin no actúa meramente de manera taimada y sin correr riesgos. Está arriesgando mucho en la crisis ucraniana y tiene mucho que perder. Pero no podía consentir con los brazos cruzados que el país pasara progresivamente a la esfera de la Unión europea y de la OTAN. Que el antiguo presidente Janukovich fuera depuesto y obligado a refugiarse en Rusia hizo reaccionar a Putin que se presentó como defensor primero de los habitantes rusófonos de Crimea (anexionada con débiles críticas de occidente y sin acciones efectivas por su parte) y luego de regiones enteras de Ucrania que han sido anexionadas de facto mediante la presencia no tanto de insurgentes locales como de veteranos y freikorps rusos nacionalistas y nostálgicos soviéticos, veteranos  de las recientes (aunque en occidente muy olvidadas) guerras de Chechenia y Georgia. Las sanciones económicas no han hecho retroceder a Rusia, la política europea de débil contención e ineficaz negociación le han dado tiempo y oportunidad para enfrentarse a un gobierno débil y con legitimidad dudosa, como el ucraniano. En el interior de Rusia, la maquinaria propagandística del régimen compara la guerra con la guerra patria contra el nazismo. Los rusos avanzan en Ucrania y es cuestión de tiempo que tengan un corredor territorial con Crimea.

Siempre se trata de calcular el momento y de conocer bien al rival, en este caso, los rivales. No puede decirse que la Unión europea haya logrado crear grandes preocupaciones a Rusia. La Unión no sólo no comparte la convicción de defender a un país que quiere ser aliado (como sí hacen los EEUU), sino que su débil recuperación económica convierte su política exterior en una especie de apaciguamiento postmoderno del siglo XXI. De entre los socios europeos puede que solo Polonia se dé cuenta del verdadero cariz de la situación.

En Ucrania no se verá claro en varios años, la complejidad es propia de un escenario de guerra interétnica. El abastecimiento de gas complica aún más la situación, nada está decidido aún, pero de momento la balanza se inclina a favor de Rusia, que no solo está ganando la guerra, sino que además afronta con decisión las sanciones económicas y acepta las pérdidas económicas como inevitables.


Rusia sabe avanzar tanteando primero la situación, conviene recordar ahora a los habitantes rusófonos de las repúblicas bálticas, las primeras en independizarse de la Unión Soviética. Putin, o quienquiera que gobierne en el Kremlin en el futuro, no podrá sino defender la causa de todos los rusos fuera de los límites de Rusia, ya estén en las riberas del Báltico, o a orillas del Mar Negro, donde se encuentra la república unilateralmente proclamada de Transnistria después de la guerra de 1992. No es ningún ejercicio de política ficción suponer que la esfera de intereses rusos se dirige también a las repúblicas bálticas; es más, quizá la llamativa actividad aérea en momentos recientes cerca del espacio aéreo británico haya sido acertadamente comprendida por las autoridades del Reino Unido como una provocación. La próxima guerra bien podría ser en el Báltico y tendría como objetivo proteger a los rusos de Letonia y Estonia, actualmente minoría desfavorecida. Naturalmente no será calificada de guerra como tal, al menos hasta que trascurran meses de combates, recibirá otras denominaciones como “conflicto” o expresiones más vagas aún como “escalada de tensión”, pero puede ocurrir en la próxima década siguiendo el mismo patrón ucraniano.

Rusia no está reconstruyendo ni la Unión Soviética ni su imperio zarista, por más que su ideario colectivo y su propaganda animen aparentemente a lo contrario. Lo que Rusia hace es construir un espacio de poder basado en su dominio étnico, construye un espacio identitario basado esencialmente en la movilización de su población y en su capacidad para influir en el orden internacional de la forma que resulte más conveniente a sus intereses. En eso consiste su actual vocación imperial.

La gran suerte para una débil Europa occidental es que Putin no es un idealista, pues si hubiera tenido convicciones paneslavas o racistas como por ejemplo sí las tiene Zhirinovski, hace ya tiempo que nos habríamos enterado de la extensión de su poder y su capacidad. Putin tiene, sin embargo, el perfil de un hombre práctico y calculador que sabe cuándo arriesgar y hasta dónde llegar, por ello emprenderá las guerras que sepa que va a ganar sin que terminen en una catástrofe global, so color de acciones preventivas o de acción humanitaria para colocar a Rusia en un escenario conveniente para poder llevar a cabo su gran misión, su vocación imperial, que se escuche, respete y tema su voz en un mundo ya de por sí atemorizado por el terrorismo islamista, sacudido por las crisis sociales y por la debilidad económica.



Sí, cuando la guerra acabe en Ucrania, quizá deberíamos mirar a las riberas del Báltico.

(profesor de Historia Antigua de la Universidad de Murcia)

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