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viernes, 1 de mayo de 2015

Un año en la Ciudad Condal.

(Homenaje al PCE y al PSUC con motivo del 1º de mayo)


  1976. Llega una carta a casa. No da crédito a lo que está leyendo, traslado forzoso a

Barcelona en septiembre. Sin motivo alguno. Deja la carta en la mesa, va a abrazar a su

madre, que con los ojos llorosos lo abraza. Ya se había convertido en otro más de los

cientos de  murcianos que junto a andaluces y extremeños poblaban ya Barcelona.


  En septiembre hizo las maletas, las cargo en su Seat 600, al que su madre había

ñadido limones en el salpicadero, comida y todo tipo de bártulos y cachivaches, como si

en Cataluña no hubiera tiendas de ultramarinos ni nada que se le asemejara. El inicio fue

difícil, alguna frase desafortunada que dolía. “Y usted ¿por qué está aquí? Claro, los

mandan para acá…”. Pero al final terminó enamorado de aquella tierra. Aunque no se lo

había planteado,¿ por qué lo habían mandado? Tenía su trabajo, no estaba metido en

“líos” como se decía entonces. Y no era el único, muchos más fueron enviados. Ni se lo

planteaba, años después, con perspectiva, le asomó la idea de que quizá fueran un

intento de “españolizar” Cataluña o alguna cosa semejante por parte de un régimen que

había enterrado a su fundador pero que no había desaparecido ni mucho menos.


  Una buena noticia es que estaban sus primas viviendo allí, que lo acogieron muy bien.

Lo cierto es que al poco tiempo se sintió integrado, y cada vez más le gustaba la ciudad.

La Sagrada Familia, el Parque Güell, la casa Batlló, la casa Milá… Gaudí le apasionaba.

Conoció a una mujer, pero no funcionó (hay cosas que nunca cambian). Pronto vio la

problemática de los barrios, a los que no llegaba en muchas ocasiones el alcantarillado,

la luz, el agua, un total abandono por parte de la Administración. La gente estaba muy

harta y muerto el perro se tenía que acabar la rabia. En el recuerdo colectivo Salvador

Puig Antich, asesinado 3 años atrás a garrote vil. Mucha cárcel, muchas palizas en las

comisarías y en los cuartelillos. Día sí, día también, cuando volvía de trabajar,

observaba cómo cortaban la Diagonal, cómo se hacían barricadas, cómo se lanzaban

piedras y cócteles molotov a los odiados grises, llamados gossos (perros) Todo aquello

era nuevo para él. Pero también había algún rato para la fiesta. En una ocasión fue con

sus primas al Camp Nou a ver al gran Barça que, con Cruyff a la cabeza deleitaba a la

afición culé. Él no era en absoluto aficionado al balompié (no tenía ni idea ni le

gustaba), pero pasó una buena tarde con sus primas y sus amigos en el estadio

azulgrana, con la merienda, la bota de vino y viendo a un equipo que ya era un símbolo

fuera de Cataluña de desafío al centralismo del régimen, junto al Athletic Club de

Bilbao.

     

  En otra ocasión fue a ver a Paco Martínez Soria en una obra de teatro, ya que el actor

de cine lo fue antes de teatro. El humor entonces era una de las pocas cosas que había.

El barrio gótico le embrujaba. Una noche acudió a un espectáculo, en el que una rubia

despampanante se desnudaba en un cabaret, mostrando al final un giro inesperado que

nadie del público esperaba, una joven Bibiana Fernández  entonces conocida como Bibi

Andersen los había dejado sin habla.


  Le encantaba pasear por el Puerto, por las Ramblas… Se rumoreaba que en la

Universidad iba a haber problemas por el concierto de un cantautor, Lluís Llach, que

hacía que en todo el Estado ya se cantara L’Estaca. En su añorada Murcia había estado

Raimon, y pese a las presiones había sonado el Diguem No y Al Vent. Ya había leído

incluso alguna poesía en catalán y se interesaba por aquella lengua tan mal vista, tan

perseguida. Una de esas tardes de paseo por Las Ramblas, vio venir a mucha gente

corriendo, algo sucedía. En efecto, los grises cargaban salvajemente contra los

estudiantes, él decidió no moverse, pasaron de largo, pero un policía se acercó con

intención de agredirle con su porra en la cara, cerró los ojos pero al abrirlos vio que otro

joven desdichado se había cruzado en ese instante y había recibido un porrazo en la

cabeza. Ahora ese joven yacía en el suelo con un charco de sangre alrededor. Le habían

abierto la cabeza, literalmente. ¿Queréis historia aséptica? Pues lo siento mucho, esto es

real.  Dio muchas gracias por haberse librado, ya que precisamente su barba y su

aspecto no eran de ayuda, la suerte había estado de su lado.


  Pero la historia no se detiene, y tras la Ley de Amnistía de Enero de 1977 hubo otra

alegría. Escuchó coches pitando, y tras regresar del trabajo, sus primas le contaron que

habían legalizado al PCE, y por tanto, al PSUC. Miles de jóvenes habían salido con

banderas comunistas a celebrarlo con los coche, con sus bocinas, sus cánticos y su

alegría. Aquel Sábado Santo quedaría para siempre marcado como el Sábado Santo

Rojo.  Pero todo termina, y en junio, volvió a casa.  Tras el verano, el 23 de octubre vio

en televisión cómo había regresado el Presidente de la Generalitat en el exilio, Josep

Tarradellas, de Esquerra Republicana de Catalunya, que desde el balcón decía en

catalán: “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí. Ja sóc aquí, perque jo també vull

l’Estatut!” (Ciudadanos de Cataluña, ya estoy aquí. Ya estoy aquí, porque yo también

quiero el Estatuto!).  Además se había restaurado la Generalitat. Él no pudo evitar

esbozar una sonrisa. – Hijo, ¿en qué piensas? - -En nada.-  Esa noche soñó con Las

Ramblas, con su 600 y con la ciudad condal.


Escrito por José Sevilla Calderón

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