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viernes, 15 de mayo de 2015


“El buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes”. Si no dijéramos que esta frase es de Cicerón, y que la pronunció haciendo referencia a su defensa a ultranza de la República senatorial romana en sus últimos años, podría ser confundida perfectamente con cualquiera de los lemas que, en pro de la “regeneración democrática”, son lanzados hoy en día por los incontables partidos que, viejos y nuevos, se encuentran en este momento, mayo de 2015, enfrascados en una de las campañas electorales más interesantes de la historia reciente de España.

Busto de Cicerón
Hoy viajaremos a la Antigua Roma para acercarnos a la política en una época anterior al Imperio, y observaremos como se vivía la política por parte de la población civil. Intentaremos comprobar que, a pesar de los siglos, no hemos cambiado tanto.

Pero antes, un poco de contexto. Para un romano, pocas cosas había más importantes que la costumbre. La romana es una comunidad muy apegada a las reglas tradicionales de la misma, las cuales se fundamentaban en los valores más arcaicos de esta civilización. Se va a tratar, por lo tanto, de un sistema muy conservador, donde a pesar de todo, va a ser el linaje y el nivel económico lo que determine la importancia del ciudadano en la sociedad y en la política.

En origen, era el respeto a esas normas del pasado las que hacían al romano un ciudadano de pleno derecho, y mantenerlas se equiparaba con la integridad moral. El orgullo de pertenecer a Roma va más allá, por lo tanto, de lo que hoy entenderíamos como nacionalismo (un concepto que, por otra parte, nace como tal en el s.XIX).

De forma resumida, diremos que la tradición es la base sobre la que se fundamentaron los modos de vida de Roma, y por supuesto, condicionaron absolutamente la creación y desarrollo de las normas escritas.

¿Cómo entendía un político de la época la vida pública? Estamos en un sistema personalista, donde no hay partidos, sino candidatos que se presentan por sí mismos. Importa quienes son, y, sobre todo, como los ven los demás. Es por esta razón que para el ciudadano romano, la vida pública y privada acaben en cierto modo conjugando y convirtiéndose en lo mismo. Por otro lado, los valores de los que debe hacer gala el ciudadano de prestigio incluían aspectos que ahora no son tan apreciados. Así,  aunque ahora se aprecien estos como aspectos diferenciados, para la aristocracia romana, el mérito militar y el mantenimiento de la religiosidad eran también una parte importante de la política.

Esquema simplificado del
 "Cursus honorum" romano
Acceder a los cargos públicos era consecuencia de la progresión en lo que se conocía como cursus honorum, donde se iban alcanzando las magistraturas republicanas de menor a mayor rango, siendo el cargo de “cónsul” el más prestigioso y de mayor poder en la República.

 Tenemos casos, como el de Cicerón, donde el cursus honorum fue seguido estrictamente, y otros, como el de Cayo Mario, en el que se rompió la tradición al tratarse de un homo novus, un no miembro de la aristocracia tradicional, que accedió hasta en siete ocasiones al consulado.

Para los políticos romanos, se hacía de enorme importancia el arte de la oratoria. Tener una buena calidad a la hora de expresarse y hablar en público resultada una habilidad muy valorada y deseada por quiénes querían hacer política. Y es que quién aspira a ser un líder de masas tiene que tener claro que en sus palabras debe defender opiniones que otros entiendan y compartan tras escucharlas.

Además, para el político romano, un aspecto fundamental residía en la competición. Los romanos consideraban que el éxito dependía en gran medida en estar por encima de los demás, ya fuera en consideración social, en riqueza, o, por supuesto, en prestigio de su linaje. Un romano tenía la responsabilidad moral de superar a sus predecesores, sobre todo si estos habían sido individuos de buena posición y preponderancia social.

El político romano, por lo tanto, necesitaba para triunfar talento, dinero, y, sobre todo, buenos contactos. Al final, se creaba un grupo social de individuos similares, asociados por el interés y la clase, que terminaban siendo los únicos candidatos viables a ocupar las diferentes magistraturas, y que además, se apoyaban y protegían entre sí. ¿No os suena de algo?

A este respecto aparecen dos elementos simples pero que pueden ilustrarnos bien dos formas de ganar preponderancia social en Roma, formas que pueden derivar perfectamente en un beneficio político: el clientelismo y el evergetismo.

El clientelismo es la práctica por la cual se prestan favores a cambio de que, en algún momento, el beneficiario de estos devuelva el mismo a través de una concesión pública, de apoyo de algún tipo, o, en definitiva, de un trato de favor por encima de otros. Esa relación hace que se creen estrechos vínculos de colaboración entre individuos, patronos y clientes, que buscan al final un beneficio personal evidente.
De izquierda a derecha:
Bustos de Craso, Pompeyo y César,
que conformaron el "primer triunvirato":
un trato por el cual estos tres personajes
 se repartían el poder en Roma
sin dejar  este de ser un acuerdo privado
entre amigos y aliados

Por otro lado, el evergetismo era una práctica llevada a cabo por ciudadanos con buena capacidad económica, en la que dedicaban parte de su riqueza a realizar obras beneficiosas, en teoría desinteresadas, para con la comunidad. Con estas acciones, el donante puede considerarse a sí mismo alguien respetado y prestigioso, un individuo que gana honor entre los miembros de su comunidad y que, además, demuestra su fortuna. Muchos de los llamados “evergetas” eran, al mismo tiempo, gobernantes de las ciudades en las que realizaban sus acciones.

Así, hemos intentado dibujar muy resumidamente el retrato del político romano de época republicana, pero, ahora bien, ¿Cómo se vivían unas elecciones municipales en el mundo romanizado?

El electorado estaba compuesto por todo ciudadano libre varón inscrito en el censo, sin embargo, el derecho a ser elegido, como se ha podido intuir por lo dicho anteriormente, estaba reservado únicamente a los miembros de la élite. Los únicos que podían portar la “toga candida” que identificaba a los candidatos eran aquellos que demostraban sus ilustres orígenes familiares, que tenían una gran popularidad  y que disponían de un alto nivel de renta para pagar los gastos de la magistratura.

Sí, en la Antigua Roma, quién ocupaba un cargo era quién se hacía cargo de los gastos generados por él mismo, al considerarse este un honor. Pero cuidado, no pensemos automáticamente en un generalizado sentido de amor al servicio público. Como hemos podido ver en referencia al clientelismo, ejercer un cargo público podía ser el mejor lugar desde el que enriquecerse, gracias a la posición y los contactos conseguidos.

Tras presentarse las candidaturas ante el magistrado de más alto nivel, se hacía pública la lista de candidatos en los lugares más relevantes de la ciudad. Es importante, aunque puede sobreentenderse, que en Roma no existían partidos políticos como tales, y que, ante todo, se elegía a la persona física, y no a unas siglas o un grupo determinado, como se ha dicho anteriormente.

A este respecto, no podemos hablar de la existencia de ideología en la política romana. Como ya se ha dicho, los candidatos se presentaban a título personal, y por tanto, se limitaban a recalcar su propia valía y la de sus ascendentes, por medio de las habilidades orales que tuvieran y los apoyos que se hubieran ganado por medio de relaciones particulares.

Ahora bien,  en Roma sí existen las divisiones en relación a la clase social, y por tanto, estás se ven bien reflejadas en dos tipos de candidatos: los optimates y los populares, que si bien no estaban asociados como tal, sí que estaban lo suficientemente definidos como para poderse categorizar al político como perteneciente a uno u otro grupo dependiendo de sus posturas en relación al sistema de clases.

Los mítines que conocemos no podían realizarse por parte de los candidatos, siendo esto un privilegio de los magistrados en activo. El foro es el lugar donde se podrá pedir de forma directa el voto al ciudadano. Sin embargo, si tenemos una similitud con la actualidad, y es que el candidato solía presentarse con un grupo de incondicionales que no paraban de aclamarlo. La estrategia actual de presentar a individuos de diferentes edades y clases sociales para dar heterogeneidad a los partidarios no es nueva, y ya se contemplaba en la vida política de las ciudades romanas.

Pero además de la oratoria y la petición directa, ¿Había algún tipo de propaganda electoral? La respuesta es que sí. A día de hoy vemos carteles  en cada pared y farola, mientras que en aquella época lo que se estilaba era la pintada y el grafito. Estas pintadas iban desde alabar la honorabilidad del candidato hasta desprestigiar directamente al contrario, llegando al insulto personal, a él o a su familia.
Fotograma de la serie "Roma" donde se representa el Senado
Dejamos para otro momento el hablar de cómo se realizaban unos comicios como tal, y esperemos haber conseguido transmitir en esta entrada la visión que desde Roma se transmite de la política y del político. Cómo hemos podido ver, la manera de entender estos aspectos en el mundo romano resulta ser sustancialmente diferente a la de nuestro presente, y sin embargo, no deja de ser extremadamente familiar.


Existe una amplísima producción biblográfica que trata el tema de la política y la sociedad romana desde múltiples enfoques, y ya que en “Conecta con la Historia” apenas tenemos espacio para empezar a introducir el apasionante mundo del pasado, ¿Por qué no acudir a la opinión de los expertos? Desde aquí os animamos a que os acerquéis a los libros de historia más que a los políticos que creen protagonizarla.

Antonio Sánchez, estudiante de Historia (Universidad de Murcia)

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