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miércoles, 20 de mayo de 2015

Aquel Titán de acero y cristal, baluarte de la eterna Belle Epoque, con sus sillones de mimbre y sus pasamanos de ébano por los que las damas de la élite europea deslizaban sus blancas manos, se erigía sobre la inmensidad del negro Atlántico, majestuoso, como bandera de superioridad política, diplomática y cultural del hombre blanco sobre la faz de la tierra. Rumbo al progreso topó con un gigante de hielo que condenó a aquella mole occidental al descanso eterno en las profundidades marinas. El Titanic, se hundió una madrugada de abril de 1912. Europa, dos años después.




La vieja Europa se embarcó en un imperialismo a ultranza, justificado por un darwinismo trastocado de su esencia original. Los orgullos nacionales comenzaron a tomar fuerza en la cubierta y en los corazones de los hombres de dentro y fuera de las fronteras nacionales y por primera vez, el equilibrio de la hegemonía europea, compartida por los grandes imperios decimonónicos, empezaba a verse contestado por una Alemania en proceso de rearme, motivado quizás, por la visión amenazante de la tenaza anti germánica que se cernía en torno a ella. Europa a bordo de un rearme no solo militar, sino moral que reclamaba una afirmación de la posición internacional de las identidades nacionales de raza blanca. Rearme endulzado con el entusiasmo asumido de que la Guerra sería un simple “paseo” militar, que permitiría a los soldados abandonar el frente para la Navidad. 


Voces proféticas se alzaron en aquel discurso internacional a la deriva: “Las luces se están apagando en Europa. No volveremos a verlas alumbrar en lo que nos queda de vida”. Las luces de la dominación europea del mundo, del imperialismo, de los nacionalismos y del capitalismo industrial estaban siendo contestadas desde distintos ámbitos de la sociedad y la inminencia de una guerra precipitó a los estados a una serie de maniobras que se alejaban en cierta medida del progreso racional que abanderaban. Sarajevo fue el Iceberg que se erigía en medio del Atlántico. La sangre del archiduque simplemente prendió, como la chispa que enciende un detonador, a una Europa ya armada y dispuesta a una guerra, quizá no deseada pero tampoco evitada. Pero el hundimiento fue lento y doloroso. Contra los pronósticos de los jefes de estado europeos, los fusiles y los tanques siguieron con su estruendo en nochebuena, igual que lo hicieron los violines y timbales de la orquesta de Wallace H. Hartley en el salón de primera clase sabiéndose condenados al abismo.



Y las luces de Europa se apagaron, y el apagón fue la primera experiencia de un Guerra total, a todos los niveles y con la mayor capacidad de destrucción que hasta ese momento tenía aquel hombre occidental que había caminado en la senda del progreso. Pero aquel apagón engendró algo nuevo porque, como diría Heráclito “la guerra es la madre de todas las cosas”. Aquella Europa sin luces tuvo un parto múltiple del que nacerá el mundo contemporáneo del que somos partícipes. La Guerra dio a luz al fascismo y a la democracia, a la sociedad de naciones y al socialismo. Fue la madre de la Revolución Soviética, y de la reclamación de la participación política de todos aquellos que habían combatido en el frente. La Guerra amamantó los primeros movimientos feministas, a la sociedad de masas y la sociedad de consumo. La paz de Versalles, al mismo tiempo que sancionaba el fin de aquella Guerra, servía de caldo de cultivo para el estallido de una nueva, más terrible y más destructiva que la anterior pues los hijos, son en ocasiones más rebeldes e indomables de lo que fueron sus padres.

La tripulación avanzaba en mitad de la noche con la sensación premonitoria de que en cualquier momento chocarían contra el propio orden que habían forjado, como quien se tapa de manera preventiva los oídos ante el sonido de un trueno que, anunciado por las luces del rayo, sabe que llegará de un momento a otro. Europa naufragó, consciente o no de que navegaba a la deriva en un mar de dudas, nacionalismo y hielo. 

Escrito por Marina Rodríguez

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