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viernes, 21 de agosto de 2015

Roma, la ciudad de los emperadores romanos y la capital del papado. Roma la eterna, la imperturbable, la corrupta, la que busca la renovación. Esa es la imagen que nos muestra esta ciudad en el siglo XVI y, con ella, su gobernante; el papa.
De esta manera, Roma se posiciona como un lugar corrupto que solo representa los intereses del papa pero que a la vez debe de ser quien regenere a la cristiandad. La solución del problema está en manos de un hombre: el papa.


Durante este siglo, asistimos a la desacreditación total de la imagen del sumo pontífice. Momento que coincide con el surgimiento de los movimientos protestantes, con la construcción de la Basílica de San Pedro y los movimientos humanistas. ¿Coincidencia? No lo creo.

El papa, desde San Pedro, era el primero de los cristianos, el vicario de Cristo y su representante en la Tierra. Tenía que ser un dechado de virtudes, aquel que mantuviera, respetara la ortodoxia de la fe católica y que fuera un ejemplo a seguir acorde a los escritos de los Santos Padres, la Biblia y los grandes pensadores del Cristianismo.

Esta era la teoría, la práctica era totalmente diferente. El papa, sobre todo desde Alejandro VI (el papa Borgia), se dedicaba a los excesos, a los lujos, a la venta de indulgencias y a acrecentar su poder político frente al espiritual. Vamos, que estaba corrupto, lo cual se puede ver en los siguientes versos:

Alejandro vende llaves, altares y a Cristo;
es su derecho vender cuanto ha comprado antes.
De vicio en vicio, de la llama nace el incendio,
y Roma se devalúa bajo el dominio hispano.
Sexto Tarquino, Sexto Nerón y Sexto también éste.
Roma bajo los Sextos siempre acabo en ruina.

De esta forma vemos cómo se suceden papas más dedicados al poder político y terrenal que al religioso. Papas como Alejandro VI o Julio II, que concibieron la idea del papado en un plano más político que religioso. Y es que amigos, Alejandro VI era un hombre más preocupado por otras vírgenes que a la que tenía que hacerle caso y Julio II se dedicaba a transmitir el mensaje de Cristo de una manera un tanto violenta.

Estos comportamientos no quedarían impunes ante los ojos del pueblo, ya que un pueblo gobernado despóticamente tarde o temprano se levanta contra el yugo opresor. Así lo hicieron los alemanes al negar la venta de indulgencias en Sajonia y apareciendo, de esta manera, los primeros movimientos protestantes.  Su líder sería Lutero y chocaría directamente contra el propio papa, León X, más ocupado en recaudar dinero para la construcción de la Basílica de San Pedro que en las almas de los fieles.
Pero, que no se crea que el protestantismo surge como algo reaccionario solo contra Roma. No, no es solo eso. Muchos de los protestantes son nobles que quieren desafiar el creciente orden centralizador del emperador (Maximiliano de Austria o, más tarde, Carlos V). De esta manera, vemos como la fe es empleada para fines políticos, tanto por el papa, como por los protestantes e incluso el mismísimo emperador.

La esencia del conflicto está en la justificación. Unos se alzan con fines totalmente cristianos mientras que otros lo usan como mero pretexto de los intereses políticos. Esta cuestión acabaría derivando en la realización de un concilio, el de Trento, impulsado, sobre todo, por el emperador y que tuvo varios obstáculos y problemas.

Así pues, la cuestión religiosa podría haberse solucionado diez años antes de no ser por la prematura muerte de Adriano VI( El papa Francisco de la época). Lo cual llevo al pontificado de Clemente VII, que apenas estaba interesado en la cuestión del Concilio. Esto hace que no se den los primeros pasos hasta el pontificado de Pablo III.

Visto esto, ¿Qué lección podemos sacar de esta historia? Una visión del mundo y de los problemas en la que hace más el que quiere que el que puede. Las cosas cambian. Los papas podían haber frenado la causa protestante a tiempo pero León X no dio el paso porque vio a Lutero como un hereje más. Adriano VI quiso llevar a cabo el Concilio y en su primer año de pontificado reformo toda la Curia. Una lástima que Adriano muriera en el segundo año, porque estaba dispuesto a llevar el Concilio a buen fin. 
Como vemos, no se trata de una cuestión de mayor o menor fe (todos creían estar en lo cierto) sino una cuestión de ponerse manos a la obra y de usar el diálogo. ¿Hemos cambiado tanto respecto al siglo XVI?

¿Quieres saber más?

COLLINS, R., Los guardianes de las llaves del cielo: Una historia del papado, Barcelona, Ariel, 2009.
LABOA GALLEGO, J.M., Historia de os papas, Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.
PRODI, P., El soberano pontífice. Un cuerpo y dos almas: la monarquía papal en la primera Edad Moderna, Madrid, Akal, 2010.
PROSPERI, A., El Concilio de Tento: una introducción histórica, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2008.

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