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domingo, 25 de enero de 2015



Llegó, se sentó en una pequeña silla de madera con un cojín estampado de flores en su base. A su derecha, una mesa con tres cajones con sendos pomos metálicos distribuidos, en los extremos, de dos en dos. Y otra silla idéntica más allá, junto a la puerta. En aquella minúscula habitación poco más cabía. Una litera, pegada a la pared, justo enfrente, orientada hacia la puerta, y un armario empotrado a los pies de la misma.

Se mesó la barba, cerró los ojos y pensó en fumar, pero pronto lo reconsideró. Su uniforme verde olivo brillaba agradecido por los rayos de sol que irrumpían por la ventana, a su espalda. La boina era solo el símbolo de lo que realmente era, un héroe, un mito, una leyenda, aunque él mismo lo ignorara, y no fuera consciente de la inmortalidad de su legado. Sus cabellos, aunque crecidos, no le impedían ver el motivo de su felicidad, que ahora dormía en la litera de abajo, la causa de su tristeza, su melancolía pero al mismo tiempo el único motivo que justificaba su existencia, su razón de ser.

En ese momento creyó desfallecer del cansancio y el sueño atrasado que arrastraba peregrinamente, pero cesó en su idea de acostarse porque sabía que si subía la escalera hacia la litera de arriba la despertaría. Motivo similar por el que había rehusado fumar, ya que la fragancia podría interrumpir su sueño placentero. Desde el salón se oía levemente la voz de Silvio Rodríguez, pronto el transistor transmitiría el parte y tendría que abandonar la habitación para atender las órdenes. Pero aún quedaba un poco de tiempo, un instante eterno en el que observar desde la silla a ese rayo de luz mientras dormía. En el fondo de su alma, de su corazón, sabía que su misión era velar por su sueño, ser el guardián que impidiera que nada ni nadie perturbara ese descanso.

Había pasado tanto tiempo… Aquel cartel infantil en la pared le recordó la ausencia de su madre, que ya no estaba entre ellos, como su infancia, que ya voló.  Pero frente al crudo invierno del frío, la tristeza y la soledad, resurgía la primavera que apunto estaba de despertarse y dejar atrás la litera. La vitalidad que desprendería con solo abrir los ojos iluminaría toda la estancia, y con oír su voz, el héroe, nuestro héroe, lo sería más que nunca, los ideales cobrarían sentido, moriría si fuera necesario, moriría de amor y por amor, por la felicidad universal.

¿Cuántos años más viviría? No importaba, ella despertó. Él se percató que bajo la litera, en un estuche, descansaba su viejo saxofón Yamaha, lo abrió y decidió agasajarla con un par de piezas de jazz, un bolero y una frase agradable. Se miraron, ella sonrió, pero pronto el transistor lo llamó a la lucha en  su batallar diario por la vida, cuyo fin último era tomar los cielos. Luego a la noche le leería un par de poemas de Neruda y se entregarían bajo las sábanas mientras media luna desde la ventana contemplaría abochornada como en esa habitación transcurrían las mil y unas noches abrasadoras. Se fue sin despedirse.

Se ató los cordones de las botas y marchó aprisa. De camino se encendió el tabaco. Llegó al monte, peleó contra las bestias hacia el sur. Obedeció las órdenes y las dio a su vez a sus subordinados. Pronto sintió el dolor causado por el plomo, y comenzó a escuchar la canción de jazz del saxofón. Lloró, pero pronto se desvaneció. En su letargo de noche y muerte se vio a si mismo caminando por la arena con ella a su lado y ropa tendida junto a las casas de los pescadores. El sol brillaba más que nunca, también las estrellas, y fue feliz, feliz de verdad,  y cerró los ojos, para siempre. De fondo sonaba Silvio, y Pablo Milanés.


 República Democrática de Beniel. Enero 2015. PINZOLETE. 

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