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martes, 13 de octubre de 2015


Vanitas es un término latino que puede traducirse por vanidad, no en el sentido de soberbia u orgullo, sino en el sentido de vacuidad, insignificancia. En el ámbito artístico, que es el que hoy atrae nuestra atención, designa un sub-género particular de bodegón de elevado valor simbólico que se desarrolla en el arte Barroco, particularmente en el ámbito de los Países Bajos. Su título y su mensaje se relacionan con un pasaje del Eclesiastés: “Vanitas vanitatum omnia vanitas” vanidad de vanidades, todo es vanidad. La idea fundamental que subyace en este tipo de obras es la futilidad de los placeres y bienes mundanos frente a la certeza de la muerte. Este género pictórico está presente tanto en la Europa protestante de la mano de autores como H. Steenwijck o PieterClaescz, como en la España católica, por ejemplo en la producción artística de Juan de Valdés Leal. A través del análisis del simbolismo de los distintos objetos presentes en este género podemos aproximarnos de manera muy completa a la visión del mundo que albergaba la humanidad en el s. XVII.


Como sabemos, durante esta centuria se asiste a la consolidación de las monarquías absolutas en Europa Occidental al tiempo que, en el plano religioso se hace patente la escisión ya irremediable entre el mundo protestante y el férreo catolicismo de la Contrarreforma. La Iglesia de Roma se reafirma firmemente en sus más originarios preceptos para contrarrestar el influjo de la herejía protestante y, para ello, se sirve de toda una serie de  elementos propagandísticos: la pintura, la imaginería, la música y la arquitectura se ponen de nuevo al servicio de las verdades místicas en un contexto de crisis económica, donde el hambre y la esterilidad de los campos cambia la percepción de la dorada realidad del cinquecento. Tras los delirios del Carpe Diem, el hombre vuelve a preocuparse por la fugacidad del tiempo y la omnipotente llegada de la guadaña. En la ineludible cita en los juzgados divinos se tendrá en cuenta la condición de los verdaderos cristianos y por ello, resultaba necesario no desviarse por los múltiples  caminos de la heterodoxia.
Como si de una instantánea sobre la mentalidad del s. XVII se tratase, las Vánitas aglutinan todo este ambiente en un mismo escenario pictórico de modo que si desciframos cada uno de sus símbolos podremos acceder a la cosmovisión de una época.


En primer lugar destacamos un nutrido grupo de objetos presentes en estas composiciones que deben entenderse como atributos de los cinco sentidos. La vista se representa mediante un espejo, una esfera cromada o un jarrón, símbolos de la mutabilidad de la apariencia humana por la acción destructora del tiempo que trae consigo la pérdida de la juventud y la belleza. Si el objeto transparente es curvo o esférico deformará la realidad que refleja. Este aspecto debe entenderse directamente desde la perspectiva de las ideas de la filosofía empirista: los objetos no son inmutables sino que cambian según las condiciones de luz, la distancia o el ángulo desde el que los miremos. No podemos conocer el objeto en sí mismo, sino la apariencia externa del objeto que percibimos por nuestros sentidos. Por otra parte, el vidrio alude directamente a la  fragilidad, tanto espiritual (que hace caer al hombre en los placeres carnales) como física de la naturaleza humana.


 Elementos tales como las telas, las cortinas o los monederos hacen alusión al tacto. Estos objetos se representan con una gran delicadeza y detallismo, imitando al máximo la calidad de sus tejidos (terciopelo, seda…), al tiempo que la disposición de los mismos nos sugiere un escenario dotando de un mayor dramatismo a la escena. El oído toma forma con los instrumentos musicales que aparecen muchas veces esparcidos, rotos u ocultando su parte sonora pues con la muerte sobreviene el silencio de los hombres.

El olfato se plasma a través de las flores, que son al mismo tiempo símbolo de la belleza femenina y caducidad de la naturaleza humana. El humo casi extinto de las lámparas también alude al olfato pero de una manera diferente, sugiriendo un olor a finitud, Por su parte el gusto es el sentido que menos representado está en este tipo de composiciones, ya que para ello, existen los Bodegones propiamente dichos (frutas, verduras etc.). En algunas Vanitas pueden aparecer vasos vacíos, que contenían bebidas o restos de alimentos a medio consumir como por ejemplo una nuez, dentro de la misma línea interpretativa. 

En un segundo lugar, centramos nuestra atención en otro grupo de elementos cuyo simbolismo es mucho más profundo y está íntimamente relacionado con las realidades políticas, sociales e ideológicas de la Europa barroca. En esta segunda categoría de objetos simbólicos podemos destacar entre otros, la calavera, los relojes, la brújula, la esfera armilar, la espada o la corona, las joyas y los símbolos religiosos. Siendo éstos los elementos distintivos sin los cuales no podemos entender este género pictórico. 
El principal de estos elementos simbólicos es la calavera o el esqueleto completo, que personifica a la Muerte, acompañada de otros atributos característicos como la guadaña, la corona de laureles o el paño blanco. La Muerte se representa de manera triunfante (corona de laureles), blandiendo en una mano la guadaña y en la otra un reloj, medida del tiempo de la existencia humana, mientras avanza poniendo un pie sobre el globo terráqueo. La muerte sorprende en el silencio de la oscuridad al hombre, que ha estado atareado en la lectura, el estudio y el deleite de los sentidos, arrebatándole la existencia y condenándolo al olvido y a la desaparición del gran teatro del mundo.

 El reloj, bien sea de arena (recuperando la tradición medieval), de péndulo (perfeccionado en 1656 por Christiaen Huygens) o bien un reloj mecánico de bolsillo (1675), es un elemento fundamental en estas composiciones y aparece siempre asociado a la figura de la Muerte. La consigna del Tempus Fugit, está presente en el pensamiento occidental desde principios de la Edad Media. El tiempo destruye y degrada al ser humano, tornando lo que en el pasado fue belleza en un presagio de cadáver. De este modo podemos decir que en el s. XVII se recupera el tópico del Memento Mori (recuerda que morirás) casi con el mismo sentido moralizante y teleológico que en el Medievo.

La brújula aparece normalmente como uno de los objetos situados en la escena más cercanos al espectador como alegoría del destino que sigue cada vida humana en particular, y al devenir de la humanidad en la historia universal. El hombre del s. XVII se siente desorientado ante los profundos cambios que está experimentando el mundo en el que vive por lo tanto no tiene una referencia clara sobre cuál es su papel en el mundo y cuál es el camino a seguir. La brújula se asocia en este sentido con el simbolismo de la lámpara de aceite en tanto que ambos elementos deben cumplir la función de orientar e iluminar el camino del ser humano. Normalmente ese camino estaba marcado por la fe, por el seguimiento y el cumplimiento de los mandatos divinos pero, en este contexto de convulsión religiosa, el hombre se pregunta cual será la dirección que señala verdaderamente a Dios. Como hemos señalado, la lámpara de aceite  normalmente adquiere un papel destacado ente la disposición de los demás elementos. Si bien se trata de un tipo de lámpara bastante lujoso, nunca encontraremos su llama encendida. La lámpara simboliza la luz, la fe, la verdad religiosa que alumbra las obras humanas pero por otra parte también simboliza la propia existencia humana, que se extingue en el momento de la llegada de la Parca.


Los libros (pueden llegarse a observar tratados de arquitectura, de música, libros religiosos..), la esfera armilar (o astrolabio esférico) y otros instrumentos como los compases o el triángulo hacen alusión los progresos del saber, que, sin embargo, nunca podrá ni explicar ni remediar la realidad de la muerte. El desarrollo del conocimiento científico en el ámbito de la física y la astronomía, y los descubrimientos geográficos llevan al hombre a replantearse cuál es su posición en el mundo. Si en el s. XVI el hombre era la medida de todas las cosas, en el s. XVII el hombre es solo un elemento más dentro del universo infinito, sometido igual que las flores o los animales, a las leyes de la naturaleza, condenado por el tiempo a extinguirse para siempre. La Revolución Científica del s. XVII, lejos de producir en el pensamiento humano una fe en el progreso y en los nuevos avances de la Modernidad, acentúa enormemente la sensación de temporalidad, finitud e insignificancia de la naturaleza humana.


Por último, contamos con  un último grupo de objetos simbólicos, los atributos del poder terrenal. Las coronas repujadas en oro y rubíes, las espadas abanderadas de la expansión imperial, son símbolos vacíos de un poder absoluto que pasa a ser relativo ante la guadaña omnipotente. Las joyas, las monedas, las perlas y las caracolas son símbolos riqueza y prestigio social, propios de las clases altas de una sociedad en la que no se trataba tanto de tener como de aparentar. La presencia de símbolos religiosos no es nada habitual en este género pictórico, sin embargo en los países de tradición católica (como Italia y sobretodo España) es posible encontrarlos incluso en las partes centrales de la composición. Es muy curioso el caso de la Cruz Pontificia (aquella que cuenta con tres travesaños de diferente longitud) que encontramos en la obra In Ictu Oculi de Juan de Valdés Leal. Esta es la cruz que caracteriza al papado y al pontífice como institución referente de la comunidad católica internacional que encontramos en el centro de la escena, balanceándose al punto de caerse. ¿Se trata de un guiño a las buenas relaciones de España con el papado o se trata de una alegoría de la marcada inestabilidad de la propia institución religiosa?

Las Vánitas catalizan la esencia del pensamiento trascendente del s. XVII en tanto que son, toda una conceptualización de la vida y la muerte en un escenario teatral. Para los hombres y mujeres del barroco, el mundo no es otra que una farsa en la que participan como marionetas tragicómicas del destino, del tiempo o en el mejor de los casos de Dios. La Vánitas está concebida como un elevado escenario, en el que están presentes los elementos que conforman las distintas realidades del universo barroco: los símbolos del poder político, los tratados y libros científicos…en el que el Tiempo tiene el papel protagonista fundamental porque decide la insignificancia, la duración y la degradación de todos los elementos del mundo, siendo el que baja el telón de la obra.
El ser humano nace por designación divina en un estamento social u otro, al final de su existencia le aguarda la muerte para su último baile y, tras ésta, la sepultura. En el trayecto, lo único que tiene que hacer es vivir en el escenario del mundo, en el que el decorado político, económico y social va cambiando mientras él sigue representando su papel. La función continuará mientras que caiga la arena del reloj, hasta el fin de sus días. Al morir, el hombre se retira de la escena: sus joyas, sus libros, los placeres de los que ha disfrutado no lo acompañan al juicio de su alma. Ante la realidad de la muerte el hombre es como un títere anciano y cansado, que se aferra a Dios como último vestigio de eternidad en un mundo en el que nada es para siempre y todo es Vanidad.







Marina Rodríguez Gómez


MARTÍN  RUPERT J., Barroco, 1977.
MÉNDEZ S., “El Barroco como el ocaso de la concepción alegórica del mundo”, Andamios Vol. II nº4, Junio 2006, pp. 147-200. Universidad de Méjico.
TAIANO, L., Persistencia y desacralización del concepto de Memento Mori en la cultura occidental, Isla Flotante, 2012  pp. 77-88.






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